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Manzar: un lugar sin paisaje 🌄

 


Cuento basado en los Googlegramas de Joan Fontcuberta.


Eliseo Tuan es un fotógrafo de la naturaleza muy reconocido a nivel mundial. Sus fotos han aparece en las revistas más prestigiosas, sus videos-documental tiene miles y miles de like y posee un basto número de seguidores en varias redes sociales.

Cada que visitaba un paraje nuevo tenia como rutina asegurar la seguridad de su itinerario, se ponía en contacto con las autoridades, universidades, sociedades geográficas o los caudillos locales, sabia actuar ante grandes políticos como con rebeldes en escenas abruptas.

Cazador de misterios del siglo XXI buscaba en cada rincón de la tierra el secreto más profundo de los paisajes.

En esta ocasión se interna en Afganistán, uno de los países con la geografía más complicada, el macizo de Hindu Kush atraviesa el país, columna vertebral de la masa sostén. El aislamiento es una de las mayores características de su configuración. Es el escenario ideal para que Eliseo viva las experiencias más enigmáticas que el siempre sueña.

Cansado de encontrar internet en todas partes, el aislamiento significa para él, el contacto más cósmico con la naturaleza, él vive de esta clase de encuentros en su vida, sin ellos la adrenalina de sentir planeta adolece pulsión, desvanece sentido, irrumpe el desasosiego.

 A penas llegó al país afgano se reunió con maestro de geografía de la universidad de Kabul, se citaron en la biblioteca. El maestro sabía lo que el buscaba y antes de contarle toda la historia del país como cualquier guía de turismo, lo llevo a la parte de la biblioteca donde se encontraban los libros más sagrados para los afganos.

Entre los libros robustos y con figuras de misterio con signos dorados, plateados que parecían diario de los dioses, saco una foto, se la entrego sin decir nada porque las palabras sobraban.

Cuando Eliseo tenia la foto en sus manos observo un grupo de casas rurales de adobe asentadas en un territorio muy abrupto, parecía que el poblado se aferraba a la pendiente de la montaña. El poder de la foto lo impacto a primer golpe, ya que era un amanecer o atardecer, se mostraba un pico nevado y el sol saliendo u ocultándose se encontraba justo detrás del pico nevado generando una circunscripción perfecta de un triangulo (el pico de la montaña) dentro de la circunferencia (sol) como si fuera una clase de eclipse de una parte de la tierra.

Eliseo no dejaba de pensar en el ángulo del fotógrafo, su posición, la paciencia de tener el tiempo para cazar el sol, todo lo que escalo, el frio que soporto, pero la foto no tiene un indicio del autor por ninguna parte, solo dice Manzar en una esquina inferior con una tipografía muy afgana.

Lo único que le dijo el maestro luego de ver como Eliseo procesó todo el impacto del descubrimiento, fue -Manzar es el lugar y queda al norte, aventurándose al Hindu Kush-.

Esa información fue suficiente Eliseo se puso en contacto con guías expertos y se dirigió al norte ese mismo día. La información lo llevo al poblado más cercano. Instalado en el lugar empezó la investigación más a fondo, pero nadie le daba respuesta alguna. Empecinado por Manzar acudió al cronista del pueblo, un señor de mucha edad que en realidad era un brujo, Eliseo se preguntaba como un brujo puede guardar las historias colectivas.

El brujo le indico que para llegar a Manzar primero tiene que soñarlo, solo así llegara la revelación secreta del camino. Eliseo le pregunto al brujo-cronista como hacer para soñar un lugar con intensidad.

Esa noche el brujo-cronista preparo un ritual, se dirigieron a los más alto posible, un fuego intenso alumbraba todo el panorama oscuro, el brujo arrojo infinidad de hierbas al fuego, aromas enigmáticos se producían, olores que jamás Eliseo había olido. Esto generaba en el aventurero que el hipotálamo conectado a su memoria se distorsionara, perdiendo el sentido de la orientación, el humo se intensifico, el brujo tocaba una pequeña flauta entonando los himnos del monte, Eliseo no sabia donde estaba, las figuras de humo que lo envolvían empezaban a figurar escena de los lugares que visitó que se transformaban entre sí, luego de no poder ubicarse Eliseo se sintió fatigado y cayo rendido al suelo y el sueño domino su pensamiento.

En el sueño Eliseo se despertó en el mismo lugar que cayo, estaba por amanecer o atardecer no sabía, busco orientarse dirigiendo su mirada al sol, no lo encontraba y cuando lo encontró a la vuelta del cuello se configuro ante el Manzar tal cual la fotografía. Para contrastar la experiencia saco del bolsillo la foto, la puso delante suyo y se percato de algo muy extraño…

 

Eliseo sostenía la foto con los dedos temblorosos. Al contrastar la foto con el horizonte que tenía al frente con mayor detalle, el mundo pareció encajar con una precisión quirúrgica, casi violenta. Ahí estaba: el pico triangular se incrustaba en el disco solar, creando ese eclipse terrestre perfecto que tanto le fascinaba. Pero al bajar la mirada hacia el pueblo de Manzar, el escalofrío no fue producto del clima del Hundu Kush, sino de una revelación óptica.

Las casas de adobe, que en la foto parecían aferrarse a la pendiente, no proyectaban sombra alguna. Eliseo movió la cabeza buscando un cambio en la perspectiva, pero el paisaje se comportaba de forma extraña: no importaba cuánto caminara hacia los lados, el ángulo del sol y el pico de la montaña permanecían estáticos, como si el firmamento fuera un telón rígido.

Se acercó a la primera construcción del poblado. Al intentar tocar el muro de tierra seca, su mano no encontró resistencia sólida, sino una vibración fría, una especia de estática que le erizó el vello de los brazos. Al observar de cerca, descubrió que las paredes no estaban hechas de paja y barro, sino de una amalgama infinita de fragmentos visuales minúsculos: millones de texturas de otros muros, de otros desiertos, de otras fotografías de viajes que él mismo había tomado y publicado años atrás.

Eliseo comprendió con horror que Manzar no era un lugar, sino una acumulación. El brujo-cronista no custodiaba memorias de piedra, sino el flujo de los deseos visuales del mundo. Manzar se había construido pieza a pieza, no con materiales, sino con la verosimilitud de todas las fotos que los viajeros habían soñado encontrar. Era un lugar creado por la sed de la mirada, una imagen que había cobrado autonomía hasta expulsar la realidad.

Eliseo sacó su cámara para registrar el momento, pero el visor mostraba un vacío negro. El dispositivo, deseñado para capturar la luz que rebota en los objetos, era incapaz de leer aquel lugar, porque en Manzar no había luz, solo información estética.

Eliseo volvió a mirar la foto. En el reverso, donde antes no había nada, empezaron a aparecer nombres y códigos de búsqueda en un resplandor digital. Comprendió que el fotógrafo anónimo no existía; la foto era el origen y el destino al mismo tiempo. Manzar era el primer lugar de la tierra que no necesitaba de la geografía para ser real, un paisaje que existía solo porque la suma de todas nuestras imágenes en el ciberespacio lo hacían inevitable.

Se sentó en el suelo, rodeado de casas que eran puro estilo y cero materias. Sintió que su propia identidad -la del fotógrafo reconocido, el intelectual del paisaje- se disolvía. Si el lugar más perfecto de su carrera era una invención del algoritmo del sueño y la red, ¿qué valor tenía su mirada?

Cuando el sol termino de eclipsarse tras el pico, la escena comenzó a pixelarse con el viento. El aroma del ritual regresó y Eliseo cerró los ojos. Al despertar en el campamento del brujo, lo primero que hizo fue buscar la foto en su bolsillo, y al verla se dio cuenta que estaba en blanco. Ya no quedaba rastro del pueblo, ni de la montaña, ni del sol.

Eliseo Tuan nunca volvió a publicar una fotografía de la naturaleza. Entendió que el mundo ya no se descubre, se produce. Y que, en la nueva jerarquía del prestigio, el geógrafo más poderoso ya no era quien llegaba al lugar más lejano, sino quien era capaz de sostener la mirada ante un paisaje que, siendo de nadie, lo era todo.

Manzar es el no-lugar definitivo, la culminación de la geografía de lo inexistente pensado, Manzar no será un lugar, pero sí un sitio.






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