Somos distintos personajes según quien tengamos al frente.
La idea de la personalidad como
una singularidad esencial que caracteriza a alguien como otro, es sobre todo un
proceso. Es decir, la personalidad es un proceso formativo.
Claramente toda persona tiene una
tendencia que forma su personalidad. La cultura por ejemplo forma la
personalidad a su grado, así como la genética y la geografía.
Es así que el encuentro con las
demás personas son claves para nuestra formación, que siempre está abierta,
pero se regula por el avance del tiempo en nuestras edades. Estar en el vientre
de la madre es clave para que la determinación genética se configure. La niñez
es el primer choque con la cultura, así que es clave para expandir la
imaginación. Llega la juventud y es tiempo que la personalidad se ponga a
prueba. Entras a la adultez y la personalidad tiene que darte las ganancias de
su lucha por ser reconocida. Y al final en la edad adulta, reducimos el proceso
formativo, para que las generaciones venideras tengan la oportunidad.
Cada contacto con una persona
nueva es sinónimo de crecimiento, pero esta novedad tiene que ser positiva. Así
la potencia de las personalidades cultas nutra a las otras como se nutren de
ellas. Gana la amistad en todo caso.
Lo mismo se puede decir del
cambio de contextos. Nos nutrimos de la cultura de los lugares. A mayor tiempo
viajando más cultura consumimos. La cultura es amplia y envuelve al planeta
gracias a los celulares. Es necesario moverse para tener una personalidad
culta.
La personalidad también es un
proceso formativo reflexivo, la toma de decisiones son trabajadas por toda la
exigencia del individuo. La personalidad por naturaleza busca la dignidad. Y
aunque la escena sea adversa, ella usa la cultura para superarse. Y en esa
cultura cabe la poesía.
La poesía no es una distracción
onerosa, es por el contrario la propia manifestación de la personalidad en
formación. Entonces la poesía tiene una función orientadora de la personalidad.
Pensemos, si a la poesía le
añadimos sonidos de instrumentos en armonía, tenemos la música. Esta música o
poesía estimula nuestro existir día con día. La personalidad toma de estos
estímulos las ganas de seguir formándose.
La poesía por mucho que sea
metáfora no corre un camino contrario al conocimiento, porque son atajos con
encanto. Quizás la gravedad no tenga un poema, pero si existen versos para la
hoja que cae en el otoño. La poesía es el gatillo literario que justifica el
latir del corazón.
Sin poesía la personalidad es
pobre. Con poesía la personalidad es potente. Siendo el carácter la
personalidad en fricción.
La categoría de la personalidad
depende mucho de la sabiduría, esa sabiduría serena que sabe lo que es bueno
para el alma. La sabiduría se escribe en clave poética porque es sublime.
Existe una cosa mejor que
consumir poesía, y es hacer poesía, no solo con el movimiento de la muñeca al
ritmo del lápiz, sino de aquella que se escribe con todo el cuerpo, porque la
poesía es el beso apasionado que se recuerda cada que la rima suena.
El que hace poesía puede
programar su personalidad, porque la poesía puede echarte a andar para buscar
el cambio, por eso cuando la poesía alza el vuelo la historia cambia.
La personalidad se identifica con
la poesía cuando se busca a si misma. No podrá tener sentido tu existencia
fuera de la rima o el verso.
Sin poesía la personalidad muere
silenciosamente, y junto a la tumba el poema adolorido exclamará su llanto… de
haberte perdido.

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